Carlos Borromeo, cardenal (1538-1584)

Santos: San Carlos Borromeo, cardenal, Patrono de Banca y Bolsa. Próculo, obispo y mártir; Porfirio, Vidal Agrícola, mártires; Amancio, Nicandro, obispos; Claro, presbítero y mártir; Emerico, Filólogo, Patrobas, confesores; Hermas, Pierio, presbíteros; Modesta, virgen; Juanicio, abad.

Por fin, el concilio de Trento trazó las líneas de la reforma, consumada la ruptura de Europa. Sus normas servirían de buen vehículo para transmitir la sana doctrina y de ella dimanaban; bastarían para orientar las actividades de los pastores celosos.

Carlos Borromeo nació en Arona (Italia) en 1538. Con 22 años llega a Roma llamado por Pío IV, el nuevo papa. Es verdad que había estudiado en Pavía y desde 1559 era Doctor en Derecho Canónico y Civil; pero, para ser Cardenal de la Iglesia Romana y Secretario de Estado –sin ser siquiera sacerdote–, parecían pocos sus méritos personales hasta el momento y demasiada su juventud. A pesar de ello, esos eran los usos del tiempo y los eclesiásticos no se vieron libres de su entorno social; quizá ese fuera un modo de decirle al mundo que los hombres que componen la Iglesia aquí abajo son solo eso: hombres. Además, me parece que no es del todo equivocado sospechar que, con formas nuevas o con medios más disimulados, hoy también forma parte de las formas de gobierno –de hecho, reza el refrán que «quien tiene padrino es el que se bautiza»–. El nepotismo estaba bien palpable en el caso de Carlos Borromeo; el papa Pío IV era tío suyo y, aparte de la confianza que tuviera depositada en su sobrino, entraba en la costumbre de la época hacer algo por la familia y ganarse adeptos incondicionales para servidores directos.

No obstante, Carlos Borromeo no fue un «nepote» cualquiera; piadosísimo y austero, vivió para la oración, el ayuno y el trabajo. Llegó a ser una de las figuras más notables de la Iglesia en su historia moderna, dejándose arrastrar por su temperamento hiperactivo; los que le conocieron bien podrían criticarle cosas pero, en cuanto al desempeño de su misión, fue incansable.

El trabajo de cardenal en la Curia es político, delicado; necesita poner en juego todo el tacto y la prudencia; ha de atender la correspondencia delicada con los legados y nuncios y debe dedicar gran parte de su tiempo a atender a las representaciones pontificias en las distintas cortes europeas con refinadas y difíciles sutilezas palaciegas.

Consagrado obispo en diciembre de 1563, se propone poner en marcha las disposiciones del Concilio de Trento como objetivo primordial. Fija su residencia en Milán de acuerdo con los mandatos tridentinos, porque uno de los males en la Iglesia pivotaba sobre los obispos continuamente ausentes de sus diócesis, gobernadas –cuando había gobierno– por unos señores que rara vez las pisaban y vivían ausentes, como príncipes, en estupendas residencias. Vuelve a Roma en 1565 para el cónclave de donde saldrá elegido Pío V.

Luego se encerrará en Milán por espacio de veinte años dedicado a atender a sus fieles –sobre todo a los pobres y enfermos, aunque fueran de peste– y a prestar atención a las quince diócesis sufragáneas. No hizo ascos a los que vivían fuera de la Iglesia, más bien se preocupó de atraerlos a su seno en aquellos tiempos de Reforma y Contrarreforma.

Tiene en su contra una falta de simpatía natural; es un defecto de carácter que le hace antipático a propios y extraños. Su talante a la hora de gobernar la diócesis de Milán es muy firme (tan firme que no faltaron intentos de asesinarle). Tímido, silencioso, lento, indeciso y con una cierta torpeza al hablar que nunca superará; hoy diríamos que, además de poco brillante, es torpe. Pero a pesar de ello es reconocido como hombre que dejó detrás de sí una huella imborrable. Quizá la culpa sea su entrega incondicional al perfecto cumplimiento de sus obligaciones, mostrándose como hombre terco, tenaz, constante y eficaz. ¿Será por esto por lo que los banqueros lo tienen por Patrono?

Organiza la labor espiritual en su diócesis, convoca sínodos para poner sobre bases sólidas las directrices del Concilio y atiende al clero. Reside en Milán, abandonando sus trabajos curiales, contra el querer de los papas que bien quisieran retenerlo en Roma. Predica cada domingo, cosa bastante infrecuente en los obispos del tiempo, con lo que gana altura moral para poder exigir esa misma catequesis a su clero. Funda escuelas y seminarios. Las visitas pastorales a los fieles de su diócesis fueron frecuentes y continuas. Se preocupa de realizar una extensa labor catequética para la que inicia una divulgación de la doctrina a través de la prensa. Presta atención peculiar al culto eucarístico promoviendo, manteniendo y potenciando las devociones y prácticas populares. Pero, entre todo su cometido pastoral, hay que destacar principalmente la preocupación por elevar el nivel espiritual de sus sacerdotes. También escribió abundantes escritos pastorales y dejó mucho material legislativo.

Muere con cuarenta y seis años el 3 de noviembre de 1584, cuando atendía a los apestados de Locarno –ciudad que vio decrecer a sus 4.800 habitantes hasta 700–, y después de haber inaugurado, consumido por la fiebre, el 30 de octubre, un seminario.

Lo canonizaron en el 1610 y es presentado como paradigma de buen pastor, como símbolo de la reforma en la Iglesia.

Evidentemente, no fue solo un excelente organizador, ni únicamente un empedernido trabajador en la puesta en marcha de Trento. Con teólogos y organizadores no hubiera habido tanto fruto, y la figura de Carlos Borromeo repercutió en todo el mundo católico, especialmente en Italia, Francia y España. Más bien, él se aplicó a sí mismo la Contrarreforma conciliar y, a pesar de las innegables taras personales, consiguió arrastrar como hacen los santos.

 
 

 
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