Queridos hermanos y hermanas:

asenjo_oficial_2010_pmEn los domingos finales del año litúrgico, que concluiremos el domingo día 20 con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, y a lo largo del mes de noviembre, que la Iglesia dedica de modo especial a encomendar a nuestros hermanos difuntos, la Palabra de Dios y la  liturgia nos recuerdan las realidades finales de nuestra vida: la muerte, la realidad más segura con que el hombre cuenta a la hora de programar su futuro, y la pervivencia e inmortalidad del hombre después de la muerte.

Sobre la muerte y el destino futuro del hombre, en la cultura actual se dan posturas muy cerradas a la transcendencia, y por lo tanto, a la esperanza. Para muchos, la muerte es el final absoluto, una puerta que se abre al vacío. Después de ella sólo existe la nada. Es la postura del existencialismo, que afirmaba que el reino del hombre es la tierra. “Ya no hay cielo, ya no hay infierno, sólo hay tierra”  escribía el filósofo francés  J. P. Sartre. Otro filósofo francés, Albert Camus, afirmaba que “si hay un pecado contra la vida, no es tanto desesperar de ella, como esperar otra vida”.

En la cultura actual, hay personas también que reducen la pervivencia del hombre a la fama, a la gloria o al recuerdo que puedan dejar después de esta vida. Eso sería únicamente lo que queda de nosotros. Hay quien piensa, por fin,  que soñar con una existencia dichosa después de la muerte no es más que un bello sueño que inventamos para consolarnos de las penalidades y sufrimientos de la vida presente. Adolfo Marsillach, actor y director de teatro, respondía hace unos años  con estas palabras a la pregunta ” ¿Cree usted que el hombre sobrevive a la muerte corporal :  “No. Quien cree en la inmortalidad del hombre es porque no se atreve a afrontar la propia realidad y se inventa maravillosos cuentos de hadas para consolarse”.  La postura más lógica ante la muerte según este actor es la protesta, la rebeldía y, en el mejor de los casos, una infinita resignación ante lo irremediable.

Frente a estas posturas fuertemente cerradas a la esperanza, la Iglesia tiene el deber de proclamar que la existencia humana no se limita a los muchos o pocos años que podamos vivir sobre la tierra y que la muerte no es el final, sino el comienzo de una vida más plena, feliz y dichosa que Dios, nuestro Señor, nos tiene reservada si hemos vivido en plenitud nuestra vocación cristiana.

Esta es la enseñanza que nos brinda en estos domingos la Palabra de Dios. En la primera lectura del domingo pasado encontrábamos el testimonio lúcido y valiente de los siete hermanos Macabeos, cien años antes de Jesucristo, que prefieren la tortura y la muerte a manos de un rey inicuo, antes que renunciar a su fe, y que no les importa perder la vida presente porque están convencidos de que les espera una vida inmortal y feliz junto a Dios.

Esta es también la enseñanza del Evangelio: ante las trampas que le tienden a Jesús los saduceos, un grupo religioso judío minoritario pero influyente, que negaba la resurrección de la carne, Jesús proclama la resurrección de los muertos porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos, porque Dios es el amigo de vida, como nos dice el libro de la Sabiduría.

Ante la duda, la perplejidad y la angustia del hombre de hoy sobre su destino,  los cristianos tenemos el deber de proclamar con el Credo Apostólico que creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Esta esperanza tiene que iluminar nuestro presente. Porque el cristiano cree en la resurrección de la carne, porque espera unos cielos nuevos y una tierra nueva y una existencia dichosa junto a Dios, el cristiano debe ser una persona alegre, con la alegría de que estaban penetradas las primeras comunidades cristianas, con la alegría y la esperanza a que nos invita San Pablo, en la segunda lectura de hoy.

La espera del encuentro definitivo con el Señor debe traslucirse en el cumplimiento de nuestra obligaciones familiares y profesionales, ante el dolor, el sufrimiento y la enfermedad, ante la consideración de nuestra propia muerte, a la hora de recordar con esperanza la muerte de los seres queridos y, sobre todo, respetando siempre la Ley santa de Dios.

La esperanza en la vida futura no puede ser un escapismo de nuestras obligaciones profesionales, ni amortiguar nuestro compromiso en la construcción de un mundo más humano, más justo y más fraterno, de acuerdo con los planes de Dios. El Concilio Vaticano II nos dejó escrito en Gaudium et spes que la esperanza en unos cielos nuevos y una nueva tierra no inhibe sino que estimula nuestra dedicación al trabajo y a las realidades terrenas como una exigencia de nuestra fe.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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