Queridos hermanos y hermanas:

Termina la Semana Santa con la solemnidad de la Resurrección del Señor, que es el foco que ilumina y da sentido a toda la vida del Señor. Sin ella, todo se reduce a la nada. Sin la resurrección, ni la encarnación sería la encarnación del Hijo de Dios, ni su muerte nos hubiera redimido, ni sus prodigios serían milagros. Sin la resurrección, Jesús quedaría reducido a un genio del espíritu o quizá simplemente a un gran aventurero, por no decir a un loco iluminado. ¿Y nosotros? ¿Qué sería de nosotros los cristianos si el Señor no hubiera resucitado? ¿Para qué serviría nuestra Iglesia? ¿Para qué serviría la oración, nuestros cultos y tradiciones? ¿Para qué serviría el esfuerzo moral y el sacrificio si Jesús hubiera sido devorado definitivamente por la muerte? No exagera San Pablo cuando dice que “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe… somos los más desgraciados de todos los hombres” (1 Cor 15,14-20), porque creeríamos en vano, esperaríamos en vano, nos alimentaríamos de sueños, daríamos culto al vacío, nuestra alegría sería grotesca y nuestra esperanza la más amarga estafa cometida jamás.

La Palabra de Dios de este Domingo de Pascua disipa nuestras dudas e inseguridades. Como los Apóstoles, que ven al Señor resucitado en la misma tarde de la resurrección, cuando están recluidos en el Cenáculo, también nosotros escuchamos la alegre noticia de las mujeres: “Hemos visto al Señor”. Esta es la magnífica noticia que la Iglesia anuncia hoy al mundo en una explosión de alegría incontenible: “Jesús ha resucitado, ¡Aleluya!”. Sí, su Padre lo ha resucitado, ha aceptado su sacrificio, le ha devuelto el Espíritu que Él le entregara en el Calvario y ha puesto sobre Él su sello, como hiciera en el Jordán y en el Tabor, diciéndonos una vez más: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadle”. Por ello, es justo que en esta mañana de Pascua cantemos con la Iglesia: “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Gracias a los Apóstoles y a los numerosos testigos que contemplan al Señor resucitado, nosotros sabemos que la resurrección del Señor no es un hecho legendario o  simbólico, sino real. No es la mera pervivencia del recuerdo y del mensaje del Maestro en la mente y en el corazón de sus discípulos. Hoy no faltan quienes no creen en la resurrección de Jesús. La creen irreal. Esa fue también la actitud de Tomás cuando sus compañeros le dicen que han visto al Señor. Necesita tocar con sus manos las llagas de la Pasión. No faltan hoy historiadores y arqueólogos ignorantes que siguen buscando la tumba sellada de Jesús que jamás encontrarán. También nosotros hemos podido dudar más de una vez. Pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe, que nos dé una fe clara y firme como la fe de los mártires, que dieron la vida por Él, como la fe de los santos de todas las épocas, que creyeron y esperaron.

Sí, queridos hermanos y hermanas, el Señor vive, el Señor no ha sido devorado definitivamente por la muerte. El Señor vive y nos da la vida. Por ello, el cristianismo no es sólo una ideología, una doctrina, una fórmula de felicidad o un código de normas de conducta, sino un camino y una verdad que es vida, porque su centro es una persona viva, que ha resucitado y que está sentado a la derecha del Padre, que nos ama, que nos conoce por nuestro propio nombre, que nos invita a su seguimiento, que desea tener una relación personal con nosotros, que nos regala los dones de su Espíritu, entre ellos la paz, que Él desea a los Apóstoles, y la alegría que inunda sus corazones cuando contemplan al Señor resucitado.

Esta certeza debe transformarse en confianza, en fuente de sentido para nuestra vida, y en la más firme seguridad a la hora de programar nuestro futuro, pues la resurrección del Señor es el fundamento más firme de nuestra propia resurrección. El Resucitado nos ha conquistado una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que nos ha reservado en el cielo. Efectivamente, por su resurrección, el Señor nos ha abierto las puertas del cielo, donde, como dice San Agustín, “veremos y gozaremos, gozaremos y amaremos. Este será el fin sin fin”. Esta certeza alienta nuestra esperanza en la vida de cada día, y es caudal de alegría desbordante ante las dificultades, cuando nos visita la enfermedad, el dolor y el sufrimiento. Esta certeza, por fin, debe ser acicate en la vida moral, que es respeto a la Ley de Dios, que es entrega generosa a nuestros hermanos, que es esfuerzo por ser cada día mejores con el estilo de quien ha resucitado con Cristo y aspira a vivir en una vida nueva.

Este es mi deseo para todos los cristianos de la Archidiócesis, a los que envío mi saludo fraterno y mi bendición. ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Carta pastoral ‘El Señor ha resucitado, ¡Aleluya!’ 249.79 KB

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