Queridos hermanos y hermanas:

asenjo_oficial_2010_pmCelebramos en este domingo la solemnidad de Cristo Rey del Universo. La Palabra de Dios que escucharemos en la Eucaristía nos mostrará la realeza de Cristo en tres secuencias sucesivas y complementarias: en la primera lectura, el profeta Ezequiel nos presentará a Jesucristo como pastor y rey de su pueblo; en la segunda, san Pablo nos señalará la muerte y resurrección de Cristo como el fundamento primero de su realeza; el evangelio, por fin, nos lo presentará  como el rey que juzgará a toda la humanidad después de la consumación de la historia humana.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que, ante la realeza de Cristo, “la adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura…”. Nos dice también que la adoración es “la actitud de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria”  y el silencio respetuoso ante Dios, “siempre mayor” (n. 2628). El Catecismo de la Iglesia Católica declara además que “la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino a Dios Padre y al Señor Jesucristo” (n. 450).  Esto quiere decir que no basta la adoración.             En este domingo de Cristo Rey además de postrarnos de rodillas para adorar la realeza de Cristo, es preciso dar un paso al frente para romper con aquellos ídolos que nos esclavizan o degradan, porque ocupan el lugar de nuestro único Señor.

Cada uno de nosotros conoce mejor que nadie cuáles son los ídolos ante los que nos postramos y que nos impiden arrodillarnos en exclusiva ante el único Rey de nuestras vidas, el orgullo, el egoísmo cainita e insolidario, la impureza, el consumismo, la mentira, el placer, el confort o el dinero. Por ello, en  esta solemnidad es preciso tomar muy en serio aquello que nos dice una canción bien conocida: “No adoréis a nadie, a nadie más que a Él. No fijéis los ojos en nadie más que en Él; porque sólo Él nos da la salvación; porque sólo Él nos da la libertad; porque sólo Él nos puede sostener. No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”.

En la solemnidad de Cristo Rey, hemos de dejarnos fascinar y conquistar por Él, para amarlo con todas nuestras fuerzas, poniéndolo no sólo el primero, porque ello significaría que entra en competencia con otros afectos, sino como el único que realmente llena y plenifica nuestras vidas. Es ésta una fecha muy apta para iniciar o proseguir el seguimiento del Señor con decisión y radicalidad renovadas, para entregarle nuestra vida, para que Él la posea y oriente y la haga fecunda al servicio de su Reino.

Aceptemos con gozo la realeza y la soberanía de Cristo sobre nosotros y nuestras familias, entronizándolo de verdad en nuestro corazón, como Señor y dueño de nuestros afectos, de nuestros anhelos y proyectos, de nuestro tiempo, nuestros planes y nuestra vida entera. Que hagamos verdad hoy y siempre aquello que cantamos en el Gloria: “…porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo Jesucristo”.

La realeza de Cristo exige también nuestro compromiso apostólico para anunciar a Jesucristo a nuestro mundo con obras y palabras. En primer lugar con nuestro testimonio, con nuestro buen ejemplo en la familia, con nuestra vida intachable, con nuestra rectitud moral en la vida profesional y en el cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas, con nuestro testimonio de cercanía y compromiso con nuestros hermanos, especialmente los más pobres.

Pero hemos de anunciar a Jesucristo también con la palabra. No nos debe dar miedo ni vergüenza hablar del Señor a nuestros hermanos, mostrándoles a Jesucristo como Salvador único, único camino para el hombre y única esperanza para el mundo, aprovechando todos los ambientes y circunstancias en que se entreteje nuestra vida: la familia, el trabajo, la profesión y las relaciones sociales. En todas las circunstancias hemos de compartir con nuestros hermanos nuestro mejor tesoro, el tesoro de nuestra fe y de nuestra esperanza en Jesucristo, único salvador.

Nuestro dinamismo apostólico es el mejor termómetro de nuestra vitalidad espiritual. El afán por anunciar a Jesucristo es además el mejor camino para vivir una vida cristiana vigorosa y fecunda, pues como nos decía el Papa Pablo VI en la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”: “la fe se robustece dándola”. Con ello nos quería decir que si la fe no es misionera, si no se transmite y se comparte, corre el riesgo de fosilizarse y de asfixiarse.

Queridos hermanos y hermanas: no escondáis la luz debajo del celemín. Mostradla con entusiasmo y valentía. Sólo así la Iglesia podrá ser en este mundo, como rezaremos en el prefacio de este domingo, el “reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”, anticipo en este mundo del Reino de los Cielos.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

 

 

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