Queridos hermanos y hermanas:

Manos Unidas y su Campaña contra el Hambre llama de nuevo a nuestras puertas. Como es bien sabido, esta institución, que tiene ya cincuenta y siete años de historia, está estrechamente vinculada a la Conferencia Episcopal, que la erigió en su día y que aprueba sus estatutos. Podemos definirla como la organización de la Iglesia en España para la ayuda, promoción y desarrollo de los países del Sur, de los millones de seres humanos, más de un tercio de la humanidad, que han quedado al margen del progreso,  condenados al subdesarrollo, al hambre, al analfabetismo, a la carencia de medicinas, agua potable y un techo digno donde cobijarse. Un año más, Manos Unidas, con el lema Plántale cara al hambre, denuncia que la abundancia de unos pocos, un tercio de la humanidad, que disfruta del 80 % de los bienes de la tierra, es causa de la miseria de los otros dos tercios, para los que sólo queda el 20 % de los recursos de nuestro mundo, todo lo cual es un verdadero escándalo y una injusticia manifiesta.

Manos Unidas recuerda a la sociedad española que esta tristísima situación no responde al plan de Dios, que creó el mundo para que fuera un hogar habitable para todos sus hijos, que creó los bienes de la tierra para que sirvan para el sustento de todos, que nos soñó hermanos, iguales en dignidad y derechos, solidarios y corresponsables de la suerte de todos los hombres.

La Campaña de Manos Unidas, que tendrá como momento álgido el próximo domingo, coincide en este año con el inicio del Jubileo de la Misericordia, en el que todos estamos invitados a ser misericordiosos como el Padre, que envía a su Hijo al mundo para redimir al hombre alejado de Dios por el pecado. A lo largo de su ministerio público, con su palabra, con sus gestos y signos, Jesús manifiesta la misericordia de Dios. El rostro de Jesús rezuma piedad, misericordia y amor. Su persona no es otra cosa sino amor, un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Los milagros que realiza, sobre todo con los pobres y los enfermos, llevan consigo el marchamo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él está falto de compasión.

Al comienzo de su vida pública, en la sinagoga de Nazaret, el Señor declara que ha sido enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos y para anunciar el año de gracia del Señor. Los evangelistas por su parte resumen toda la actividad apostólica de Jesús en los tres años de su ministerio público con estas palabras: Recorría Jesús ciudades y aldeas, predicando en las sinagogas y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Jesús se conmueve ante los enfernos y los sana. Su actitud nos invita a actuar y a comprometernos. Al estilo de Jesús, y con su mismo amor, hemos de prolongar su misión en el tiempo de la Iglesia. No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento de nuestros hermanos, con los que Él misteriosamente se identifica.

Todos estamos implicados en el devenir de nuestro mundo, colaborando en primer lugar por medio de la oración. Todos los que trabajan en el campo del desarrollo están convencidos de que para implantar un nuevo orden internacional se precisa un milagro. Las dificultades son enormes por el egoísmo y la insolidaridad de los países ricos. Sólo Dios hace milagros. Sólo Él puede poner su mano para que mejoren las negras perspectivas que aguardan en los próximos años a los países pobres. Pero a Dios podemos llegar a través de la oración.

La oración es camino inexcusable en la búsqueda de un mundo más justo y fraterno, según el corazón de Dios. Por ello, hemos de pedir al Señor que ilumine las mentes de los que tienen en sus manos los destinos de los pueblos, para que comprendan que no habrá paz en el mundo si el desarrollo y el bienestar no llegan a todas las naciones de la tierra.

Pero además de rezar, la Jornada de Manos Unidas nos invita a la conversión, a adoptar estilos de vida más evangélicos, austeros, sencillos y solidarios. Nos invita también a compartir, que va más allá que la mera compasión. Seamos generosos en la colecta del próximo domingo.

No puedo terminar sin mostrar mi reconocimiento, aprecio y apoyo a los responsables de Manos Unidas de nuestra Archidiócesis, a sus socios y voluntarios. Gracias por vuestra dedicación generosa. Sois testigos de la caridad de la Iglesia.  Os animo a perseverar. Cuidad vuestra identidad eclesial. Robusteced las raíces sobrenaturales de vuestro compromiso, pues sólo el amor al Señor y la unión con Él dan solidez y perspectivas de futuro a vuestro servicio a los pobres.

Contad con mi afecto, mi abrazo fraterno y mi bendición.

 

                                                      + Juan José Asenjo Pelegrina                                                                

Arzobispo de Sevilla

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