Queridos hermanos y hermanas:

“Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona”. Con estas frases lapidarias inicia el papa Francisco su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que el Santo Padre firmó el día de la  Inmaculada y que hemos celebrado el pasado día 1 de enero. Como es tradicional, el mensaje está dirigido a los Jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo, a los responsables de las religiones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

El Papa subraya la importancia de la conversión del corazón, para pasar de la indiferencia a la misericordia, e invita a promover una cultura de la solidaridad y la compasión para vencer la indiferencia. Afirma además que la paz debería ser el signo del Jubileo de la Misericordia inaugurado el 8 de diciembre, al mismo tiempo que manifiesta su esperanza de que en el año 2016 todos nos comprometamos firme y confiadamente a trabajar por  la justicia y por la paz en los ámbitos en los que la Providencia nos ha situado, pues si bien es cierto que la paz es don de Dios, es también obra de los hombres y mujeres llamados a ser humildes artesanos de la concordia y la reconciliación.

El Santo Padre no olvida los trágicos acontecimientos del año 2015, las guerras y los atentados terroristas, así como las persecuciones por motivos étnicos o religiosos en muchas regiones del mundo. Con todo, nos alienta a no perder la esperanza, considerando positivas algunas decisiones sobre el clima y el desarrollo sostenible de quienes rigen los destinos de los pueblos.

Recuerda el Papa el cincuenta aniversario de dos documentos del Concilio Vaticano II, la declaración Nostra aetate y la constitución pastoral Gaudium et spes y manifiesta la voluntad de la Iglesia de acompañar a la familia humana, dialogando con las religiones no cristianas y haciendo hincapié en que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo».

El papa Francisco nos alerta de nuevo sobre la «globalización de la indiferencia», que amenaza a la paz y que se presenta en diversas formas, comenzando con la indiferencia ante Dios, de la cual se deriva la indiferencia ante el prójimo y ante la creación. Evocando el Jubileo de la Misericordia, el papa Francisco recuerda las obras de misericordia corporales y espirituales y nos exhorta a todos a superar la indiferencia allí donde cada uno vivimos, en nuestra familia, con nuestros vecinos, amigos o compañeros de trabajo. Todos estamos llamados a ser sembradores de paz. Añade el Papa que también los Estados están llamados a hacer gestos concretos y valientes para con las personas más frágiles de la sociedad, quienes no tienen tierra, los que no tienen un techo donde cobijarse, los obligados a emigrar, los encarcelados, los desempleados, los enfermos y ancianos desamparados.

Antes de concluir su importante mensaje, el obispo de Roma dirige a los responsables políticos un primer llamamiento para que eviten arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, culturales y sociales, sino también, y por mucho tiempo, la integridad moral y espiritual. Les pide también que trabajen para abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres. Les pide, por último, que adopten políticas de cooperación que sean respetuosas con los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer.

Siguiendo la estela del Papa en este importante mensaje y teniendo muy presente el Jubileo de la Misericordia, os invito, queridos hermanos y hermanas, a sentir la experiencia del perdón y la misericordia de Dios en la contemplación orante y en el sacramento de la penitencia. Desde la conciencia de sentirnos amados y perdonados, nos corresponde a nosotros ofrecer el perdón y la misericordia a nuestros hermanos, reconciliándonos entre nosotros, con nuestros familiares y amigos, rehaciendo relaciones rotas, mirándonos a los ojos, dándonos la mano, y restaurando la paz, la comunión y la concordia.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, del que nosotros debemos participar viviendo la entrega y el servicio humilde, haciéndonos siervos y servidores de nuestros hermanos. Nuestras parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos y hermandades deben ser oasis de paz, misericordia y comunión.

El papa Francisco confía la causa de la paz, junto con los mejores deseos para el nuevo año, a la intercesión de María Santísima, Madre atenta a las necesidades de la humanidad, para que nos obtenga de su Hijo Jesús, Príncipe de la Paz, el cumplimento de nuestras súplicas y la bendición de nuestro compromiso cotidiano en favor de un mundo más fraterno y solidario.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

                                                                         + Juan José Asenjo Pelegrina                                                                              Arzobispo de Sevilla

 

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