Nada más familiar y desconocido que la Misericordia. Podemos correr el riesgo de recorrer todo un Año especial, dedicado a la Misericordia, sin introducirnos de verdad en su contenido.

¿La Misericordia es la característica propia y esencial de Dios, o es porque nosotros así la vemos desde nuestra pequeñez?

¿La Misericordia es sólo perdón de los pecados, o existe además una Misericordia como actitud permanente de Dios que se mueve a compasión para con nuestra fragilidad y miseria y que nos demuestra su ternura divina?

¿Y si este Año fuera la ocasión oportuna para replantear tu existencia?

Arrancamos con mal pie porque quizás nos conformamos con la experiencia personal que tenemos sobre la misericordia sin intuir su innegable novedad. La presunción es nuestra inseparable compañera de viaje y nuestra gran limitación.

Quiere el Santo Padre que durante este año descubramos sus cuatro componentes: la catequesis que anuncia la Misericordia; el sacramento de la Penitencia como experiencia de la misma Misericordia; las obras de Misericordia y la peregrinación para atravesar la Puerta Santa.

Para la catequesis que anuncia la Misericordia nos va a ayudar a caminar durante este Año magnifico el trabajo que ha realizado la Madre Trinidad en el libro “Frutos de oración”, por ella tan elaborado, vivido y apreciado.

Bajo el amplio titulo VIVIR EN LA VERDAD, propone algunos apartados que nos llevarán de la mano a lo largo de nuestro itinerario, para no perdernos este gran descubrimiento, que más que conocimiento mental es experiencia vital. Son estos:

SENCILLEZ EVANGÉLICA: pues únicamente los sencillos del Evangelio son capaces de confiar en el corazón de Dios. La confianza como estilo de vida.

DIOS SE COMUNICA A LOS PEQUEÑOS y a ellos se les comunican los secretos del Reino. Y el secreto escondido que para todos es la Misericordia.

UN ABISMO ATRAE A OTRO ABISMO. Cuando reconocemos y experimentamos el abismo de nuestra miseria atraemos irresistiblemente la Misericordia infinita de Dios.

MI NADA Y EL TODO DE DIOS. Si nuestro “yo” vive en la verdad, disminuye, y en el todo de Dios aumenta, alcanzando su verdadera dimensión.

HUMILDAD. Tan hablada y tan desconocida.

INCOMPRENSIÓN, DISCULPAS… ¡FALTA DE HUMILDAD! El instinto de descargar responsabilidades es más fuerte que nosotros mismos. ¡Somos capaces de echarle al Señor la culpa de nuestros fallos y decirle que nos abandona!

LA SOBERBIA ES EL GRITO DE ¡SÓLO YO! Antes o después tenía que aparecer el gran enemigo que tortura nuestra vida: la soberbia.

LA MUERTE, DEMOSTRACIÓN DE QUE SÓLO DIOS SE ES: Paradójicamente sólo con la muerte podremos descansar y pasar a la vida plena.

Va a ser también para nosotros profundamente renovador vivir el sacramento de la Penitencia, no como un control de calidad de la vida espiritual para sentirnos que hemos cumplido, y menos aún como una derrota personal ante Dios, sino para abismarnos en nuestra tragedia interior y dar un salto para introducirnos más dentro del corazón compasivo de Dios.

Las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, son el descanso del amor, que necesita manifestarse. También para consigo mismo, porque… ¡cuidado!, igual crees que “Vestir al desnudo” es para los demás… pues mira lo que dice el libro del Apocalipsis 3,17: “Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista”. Cambia la perspectiva de esta obra de misericordia. Y seguro que cambia también la de las demás.

Atraviesa la Puerta Santa establecida en tu Iglesia diocesana. Sea para ti como atravesar la puerta del misterio de la Encarnación para entrar dentro de Cristo. Una especie de puerta del sagrario donde el Señor con serena impaciencia te espera.

No hagamos del Año extraordinario una rutina o un acto de piedad. Renueva tu vida. Hazlo por misericordia para contigo mismo y para con los demás. Y sobre todo por amor de Dios, que bien se lo merece.

Que los veinticinco ‘post’ que nos acompañaran a lo largo de esta Año llenen su cometido.

 

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