Sabemos cómo el Señor se vale de las más variadas formas para imprimir en el alma sus comunicaciones y darnos su Sabiduría.

La abundancia de la Misericordia divina queda patente en esta narración autobiográfica a través de una reacción aparentemente justificada, y una situación vivida en la juventud, que quedó grabada para toda la vida.

 

23-6-2001

«Desde el Seno del Padre, en el impulso y el amor del Espíritu Santo,
por el costado abierto de Cristo que repara infinitamente
al Dios tres veces Santo ofendido,
se desbordan los torrenciales Afluentes de la Divinidad
en compasión redentora de divina e infinita Misericordia
sobre la humanidad caída»

 

El día 22 de junio, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, al amanecer, invadida por la luz del pensamiento divino que se iba profundizando cada vez más aguda y penetrativamente en lo más recóndito e íntimo de mi espíritu, sobre el misterio de Dios sido en sí y en manifestación esplendorosa de su Majestad soberana hacia fuera;

     intuía, descubriéndoseme muy clara y profundamente, que así como Dios en la infinitud de sus atributos y perfecciones es un solo y único acto de ser en actividad trinitaria de Familia Divina; en el cual su serse serse el Ser y su obrar son en ese solo y único acto de ser, en el que Dios se es para sí lo que es, sido y estándoselo siendo en sí, por sí y para sí en gozo coeterno y consustancial de Divinidad, por su subsistencia infinita;

     en ese mismo acto de ser, aunque de distinta manera, Dios realiza hacia fuera, para manifestación de su infinito poder y el esplendor de la gloria de su Nombre, la creación, y el sublime, divino, sorprendente y subyugante portento de la Encarnación para la restauración de la humanidad caída. […]

    Por lo que Cristo, la segunda Persona de la adorable Trinidad, es en sí, por sí y para sí, y para el Padre y el Espíritu Santo, la Glorificación infinita de reparación ante la Santidad de Dios ofendida; y la infinita y divina Misericordia en manifestación personal y esplendorosa, como Verbo del Padre;

     que, en deletreo amoroso de consustanciales melodías por su Divinidad, en expresión divina y humana se derrama en misericordia; levantándonos a la sublimidad de ser, por Él, con Él y en Él, hijos en el Unigénito de Dios, herederos de su gloria y «partícipes de la vida divina». […]

    Y llena de agradecimiento al Dios misericordioso tres veces Santo, necesito contar de una manera sencilla y espontánea lo que me sucedió, siendo aún muy joven, cuando estaba despachando en el comercio de mis padres.

     Para lo cual transcribo a continuación este fragmento de un escrito del 8 de mayo de 1997.

    «Un día, […] que entraron en nuestra tienda unas desgraciaditas mujeres de mala vida, inmediatamente me puse a atenderlas, para que no tuviera que hacerlo mi hermano Antonio.

    Y las pobrecitas empezaron a hablar de una manera muy descocada, diciendo muchas picardías entre sí, y palabras soeces.

    Ante lo cual, yo, indignada, corrí presurosa a la trastienda donde estaba mi hermano, y como con mucha dignidad religiosa –¡pobre de mí!–, le dije:

“En nuestra casa y en nuestro comercio, teniendo nosotros la imagen del Sagrado Corazón puesta en el centro de la tienda, ¡no podemos permitir que se hable de esta manera! Por lo tanto, ¡ahora mismo!, salgo corriendo y las despido”.

Mientras que mi hermano, con la misma dignidad y orgullo religioso que yo, me decía:

“¡Échalas!, ¡que se vayan de nuestra casa!”.

    Y cuando salía presurosa de la trastienda para despedirlas, diciéndoles –con lo que yo creía santo orgullo– que en nuestra casa, ¡tan religiosa y tan digna!, no se podía hablar así…; ¡oh! […] lo que me sucedió:

    Se grabó en lo más profundo y recóndito de mi espíritu una frase que, por mucho que esta pobre hija de la Iglesia viva, nunca la podré olvidar:

“Por ellas he derramado toda mi Sangre…”.

    Ante lo cual, parándome en seco, rápidamente volví donde estaba mi hermano, diciéndole profundamente compungida e impresionada:

“Antonio…, ¡por ellas ha derramado Jesús toda su Sangre…!”.

Mi hermano, no conociendo el porqué de mi cambio de postura, me contestó muy contundente:

“¡Despídelas!, ¡que se vayan!, ¡que se vayan…!”.

    Entrando de nuevo en la tienda, impresionada porque ¡no era un poco o una gotita, no, sino toda la Sangre de Jesús la que había sido derramada por cada una de ellas!; sentía ¡tanto amor…!, ¡tanta comprensión…!, ¡tanta ternura…!, que, si hubiera sido Jesús el que estaba allí, no le hubiera podido atender mejor.

    De forma que experimentaba el deseo de tirarme a sus pies y, abrazándolos, besárselos […]; yo que siempre he sido tan limpia y “escrupulosa”, ¡con lo sudorosos y sucios que, a veces, los clientes llevaban los pies…!

    Pero, ante el pensamiento de que Jesús había derramado por cada una de aquellas desgraciaditas mujeres toda su Sangre, me sentía derretir de ternura y amor hacia ellas.

    Siendo esto para toda mi vida una lección profundísima que el Señor dio a mi alma, para que comprendiera y disculpara la fragilidad humana, y amara a las almas como las amaba Él; ¡porque, por todas y cada una, Jesús había derramado, no una poquita ni una gota, sino toda su Sangre santísima en Redención de amor misericordioso! […]

    Y sobreabundando en la grandeza desbordante e inimaginable de la misericordia de Dios derramándose sobre el hombre por Cristo, siendo Cristo en sí y por sí la Misericordia infinita y el Manantial de la misericordia que se nos da a través de María en el seno de la Santa Madre Iglesia, ánfora preciosa, repleta y saturada de Divinidad; quiero manifestar también lo que el mismo Dios, otro día, me mostró imprimiéndolo en mi espíritu: algo tan hermoso como difícil de explicar por la magnitud y la grandiosidad de cuanto penetré sobrepasada de gozo en el Espíritu Santo.

8-5-1997

(Fragmento)

    «Contemplé al Padre Eterno en las alturas de su majestad soberana, rebosando de paternidad amorosa; como con sus brazos abiertos, e inclinado en derramamiento sobre Cristo en la cruz. […]

    Y del Seno amoroso del Padre, abierto, brotaba, como a borbotones incontenibles, a raudales de afluentes desbordantes de Divinidad, su amor misericordioso sobre Cristo, el Cristo Grande de todos los tiempos. […]

    ¡La donación amorosa de misericordia infinita brotaba a borbotones incontenibles y desbordantes desde el Seno del Padre al pecho de Cristo; y desde el pecho de Cristo, clavado en la cruz entre Dios y el hombre, se esparcía sobre toda la humanidad; por lo que había que ponerse a recibir, a los pies del Hijo de Dios crucificado, con alma abierta, el fruto de la Redención, como donación del Dios excelso desparramándose en sus torrenciales Manantiales sobre el hombre por el amor del Espíritu Santo…!». […]

    Por lo que «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre».

 

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “Desde el Seno del Padre, en el impulso y el amor del Espíritu Santo, por el costado abierto de Cristo que repara infinitamente al Dios tres veces Santo ofendido, se desbordan los torrenciales Afluentes de la Divinidad en compasión redentora de divina e infinita Misericordia sobre la humanidad caída”
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opús. nº 14)
 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

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