Antes o después tenía que aparecer el gran enemigo que tortura nuestra vida: la soberbia.
Normalmente tenemos un yo tan grande que consigue eclipsar en nuestra existencia la luz de las cosas buenas, la presencia de Dios en todo, la bondad o buena intención de los demás y, a veces, vamos sembrando desconfianza, amargura y pena.

El Yo divino es esencialmente Misericordioso, nuestro yo mucho menos. Y así nos van las cosas…

 

 

          ¡Qué ladina es la soberbia, que no se deja ver por los que la poseen! Para el soberbio todo son disculpas, interiores o exteriores. Es el defecto en el que más trabaja el subconsciente. El soberbio no se conoce porque está ciego. (1-11-67)

  

          Aunque es señal de santos, no todos los que se creen despreciados, lo son. El santo busca y saborea esa soledad que, cuando llega al olvido de sí, ni la apercibe. (30-12-59)

  

          El soberbio cree que todo lo hace bien; por eso, es muy difícil que se corrija, pues no recibe consejo de nadie, al creerse suficiente; y, en su oscuridad, llega a constituirse en maestro de la confusión. (29-6-70)

  

          El que cree que lo sabe todo, es el que no sabe nada, pues no sabe que la más grande sabiduría no es lo que sabemos, sino lo que nos queda por saber. (29-6-70)

  

          Quien se aferra a su propio criterio, difícilmente recibe a Dios, que se comunica por el criterio de los superiores. (29-6-70)

  

          El que no es capaz de someter su criterio a los demás, tampoco es capaz de sometérselo a Dios, que se nos comunica a través de la Iglesia. (29-6-70)

  

          ¿Quieres saber cómo vive una persona? Mira cómo piensa. El que defiende apasionadamente una causa, por sí se afana… Por eso, pon a Dios en tu corazón, y Él será tu propia causa. (29-6-70)

  

          Dios mío, ¡qué horrible es la envidia! Ella es la causa de grandes males, porque la envidia es la soberbia llevada a los frutos más amargos. Ella es el grito de «¡sólo yo!», conseguido como sea. (21-1-65)

  

          La soberbia es: «¡sólo yo!»; y la envidia, la desesperación al no poder conseguirlo; y entonces se corroe en amarguras de infierno, siendo lo más contrario a la caridad, que es: «¡Sólo Dios en mí y en todos!». (21-1-65)

  

          A Dios no le ofenden nuestras imperfecciones involuntarias ni los escapes de nuestro temperamento; le ofende nuestra mala voluntad. Al que le ofenden tus escapes involuntarios, es a tu amor propio, que no resiste verse imperfecto. (17-4-70)

  
 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 

 

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