«No teniéndola que contemplar más con su velo de luto y sus entrañas desgarradas, tirada en tierra y llorosa, jadeante y encorvada», «llevada a crucificar»,… son expresiones de la Madre Trinidad que ponen en evidencia la Semana Santa que la Iglesia vive con Cristo a lo largo de todos los tiempos, pasión que Cristo su Esposo, por su amor infinito para con ella, le hace compartir para que pueda vivir también la Gloria de un resurgir luminoso como el que celebramos con Cristo resucitado.

«¡Hoy la Iglesia está vestida de blanco…!; con una mantilla blanca, ¡blanca…!, ¡encima de una peina blanca también, como coronando sus sienes de Reina, que hace caer su mantilla de novia sobre el rostro bellísimo y luminosísimo de la Iglesia, hermoseándola y engalanándola…!» son exclamaciones de triunfo que acompañan la gloria del Señor Resucitado y que comunican su victoria, después de la tragedia de la Cruz.

La Iglesia resurgirá después de su atroz Getsemaní. No cabe la menor duda. He aquí el testimonio de quien ya la ha visto gloriosa:

 

Hermosura de la Iglesia (fragmentos)

[…] ¡Hoy la Iglesia está vestida de blanco…!; con una mantilla blanca, ¡blanca…!, ¡encima de una peina blanca también, como coronando sus sienes de Reina, que hace caer su mantilla de novia sobre el rostro bellísimo y luminosísimo de la Iglesia, hermoseándola y engalanándola…!

¡Está engalanada…, toda vestida de blanco…, sin velo de luto…! ¡Toda cubierta de joyas, con su rostro resplandeciente de alegría y felicidad, de plenitud y de vida…!

¡Ay, qué mantilla blanca envuelve hoy a mi Iglesia mía…! ¡Ay, qué peina tan alta y tan señora está ennobleciendo hoy las sienes y la figura de la Iglesia Reina…! Iglesia mía, ¡qué hermosa eres…!

¿Será posible que no pueda expresarte ni decirte a los hombres…? Sí, tú eres toda hermosa, Hija de Jerusalén; sí, toda candorosa… Tú, la única paloma blanca y hermoseada con la blancura, santidad y virginidad del ser de Dios…

[…] ¡Que vengan…!, ¡que vengan todos los poetas y los músicos y todos los artistas a cantar a la Iglesia mía! ¿A ver si pueden decir algo de mi Iglesia Santa…? Que yo les digo que no, ¡que no hay palabra humana para expresarla…! Sólo el Verbo Infinito del Padre, la Palabra divina y eterna, la puede expresar adecuadamente como se merece.

[…] ¡Iglesia!, ¡eres hermosa! ¡Nunca te vi así…! Te he visto enjoyada y de luto, ¡pero nunca te he visto derramándote, como te derramas, en santidad, justicia, verdad, misericordia y amor…! […] ¡Te derramas en maternidad con el Padre, en canción con el Verbo y en amor con el Espíritu Santo…!

¡Oh Iglesia Madre, orgullo de mi alma-Iglesia! ¡Qué hermosa eres…! […] ¿De dónde sacaré una palabra adecuada para cantar y piropear a mi Iglesia…? Pero no hay palabra humana que la exprese. La Palabra única adecuada es la que le canta al Padre en silencio; por eso yo, Iglesia mía, te contemplo y te amo, y tengo que quedarme en silencio para poderte expresar en silencio con Cristo.

¡Pero si veo que se me han terminado las expresiones, y tengo hoy que decir, que piropear a la Iglesia mía…!

Sí, yo soy andaluza y sevillana, y me derramo en expresión de mi tierra para cantar a la Iglesia…

Necesito cantar a la Iglesia como andaluza que soy, y necesito decirle ¡que tiene una mantilla, una mantilla blanca con una peina que llega hasta el Cielo…!

¡Ay, Hija de Jerusalén, ataviada con todas las joyas…! […] ¡Hija de Jerusalén! ¿Qué puedo decirte yo…? […] ¡Estoy como loca de amor a la Iglesia…!

¡Que vengan las ferias…! ¡Que vengan las ferias con todas sus luces, con todas sus danzas, con todas sus alegrías, con todos sus cánticos, para cantarle a la Iglesia mía…!

¡Todas las fiestas…! ¡Todas las fiestas que se adornen y engalanen, que la Iglesia está tan ataviada con todas sus joyas…!

Iglesia mía, ¡qué hermosa eres! Avanza triunfante, Hija de Jerusalén, hermoseada y engalanada con todas las joyas que el Esposo divino te regala el día de sus Bodas eternas. ¡Iglesia mía, avanza triunfante!

[…] ¡Cómo se le derrama a Dios su hermosura en la Iglesia…! ¡Cómo derrama su alegría en la Iglesia, su santidad, su blancura, su paternidad…!

Dios mío, ¡qué grande es mi Iglesia! […]

Iglesia mía…, ¡qué hermosa eres!, ¡cuánto te amo!»

Hoy, Hija de Jerusalén, Iglesia amada, ¿cómo podré seguir viviendo en el destierro, ante la contemplación de los misterios que, recayendo sobre ti, el Señor me ha querido mostrar de tan diversas maneras, inclinándose a la pequeñez y miseria de mi nada y levantándome a la penetración de sus misterios bajo la luz sapiental de la fe, llena de amores eternos y repleta de esperanza, haciéndome comprender que a mayor miseria más abundante misericordia; para que los comunique, o los deje traslucir mientras viva en el destierro…?

Ya que son tantos y tan diversos, que mi alma jadeante en su búsqueda incansable de dar gloria a Dios y vida a las almas, espera llena de nostalgia el momento de la voluntad de Dios para introducirme con la Iglesia gloriosa en las mansiones de la Eternidad.

Y entonces, y sólo entonces, se podrá descubrir hasta el fondo con el contenido apretado de su vida, misión y tragedia el secreto de mi vida inmolada, silenciada por la noche llena de incomprensión de este peregrinar.

La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Y en el día luminoso del encuentro definitivo con Dios, con todos los que «vienen de la gran tribulación, y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero», sentándonos a la mesa del Reino con Abraham, Isaac y Jacob, como hijos de su numerosa y universal descendencia venida de todos los confines de la tierra, seremos Iglesia triunfante y gloriosa para siempre.

No teniéndola que contemplar más con su velo de luto y sus entrañas desgarradas, tirada en tierra y llorosa, jadeante y encorvada, sino como a «la Esposa del Cordero, Nueva y Celestial Jerusalén, Ciudad Santa, que no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero».

Y donde entonaremos con todos los Ángeles, Arcángeles, Querubines y Serafines, dando gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo, el «¡Santo, Santo, Santo Yahvé Sebaot, la tierra entera está llena de su gloria!»,

y el «cántico de alabanza a Dios y al Cordero» siendo Iglesia gloriosa y triunfante por toda la Eternidad:

«Y oí algo que recordaba el rumor de una mu­chedumbre inmensa, el estruendo del océano y el fragor de fuertes truenos. Y decían: “Aleluya. Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias. Han llegado las bodas del Cordero, su esposa se ha embellecido”».

Iglesia mía, Nueva y Celestial Jerusalén, ¡¡qué hermosa eres!! ¡Cuánto te amo!

 

 

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

 

“HERMOSURA DE LA IGLESIA”  (Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opús. nº 12)

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