asenjo_oficial_2010_pmQueridos hermanos y hermanas:

A lo largo de esta Cuaresma el Señor nos está invitando a la conversión, a volver a Él como el hijo pródigo y a seguirle con la ilusión y admiración de los discípulos que le acompañan en el Evangelio de hoy por los caminos polvorientos de Palestina, con los ojos y los oídos bien abiertos para no perder ni uno sólo de sus gestos, ni una sola de sus palabras. Él es el camino, el único camino. En tiempos de Jesús, los caminos que comunicaban las ciudades de Palestina eran escasos y sólo ellos brindaban seguridad al caminante. En ellos había posadas, oportunidad de encontrar agua y alimento y vigilancia por parte de los soldados romanos. Aun así, en ocasiones, el caminante se veía sorprendido por partidas de bandidos que le asaltaban para robarle. Salirse del camino para buscar atajos era exponerse a perderse y a múltiples peligros.

Esta imagen del camino es la que tiene presente Jesús cuando nos dice “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Él es el único revelador del Padre. Él nos manifiesta, como nos dice san Pablo, el amor y la filantropía del Padre (Tit 2,11). Él es el único acceso al Padre. “En ningún otro hay salvación y ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo y entre los hombres por el cual podamos ser salvos” (Act 4,12). Él es el único Mediador entre Dios y los hombres (I Tim 2,5).

En nuestro mundo se multiplican las doctrinas, sistemas y movimientos que ofrecen caminos de salvación: las sectas, la astrología, los horóscopos y los adivinos, que tratan de llenar las ansias de felicidad del corazón del hombre. Otros buscan la felicidad en el poder y el dominio sobre los demás, el brillar y sobresalir, el dinero, tener, consumir y disfrutar.

Todas estas ofertas de bajo coste son caminos errados que no llevan a ninguna parte, soluciones que en ningún caso sanan el corazón del hombre. Tenemos una prueba evidente: nunca el hombre occidental ha contado con más medios materiales, bienestar y tiempo para el ocio, y sin embargo, nunca como hoy proliferan las enfermedades mentales, las neurosis, las depresiones y hasta los suicidios, cuyo número crece cada año incluso entre los jóvenes. Ello significa que los sucedáneos no dan la felicidad, que sólo se encuentra en el Señor. Sólo Él colma las aspiraciones más profundas del corazón del hombre, como nos recuerda san Agustín desde su propia experiencia: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”.

En los compases finales de la Cuaresma todos estamos invitados a buscar la verdadera sabiduría, a no resignarnos a vivir una vida vacía y sin ideales y a vivir la “vida nueva” que Cristo nos ofrece para ser felices. Sólo Él es la Verdad que salva, libera y da la felicidad. Como nos dice el Evangelio de hoy, Él es la luz verdadera, que ilumina la vida, la nutre y la llena de esperanza y resplandor. Sólo Él nos permite ser libres. Jesús es el maestro que no engaña. No tengamos miedo a encontrarnos con Él en esta Cuaresma, pues sólo Él nos lleva a puerto seguro, sólo Él da estabilidad, firmeza y consistencia a nuestra vida.

Hoy mismo vamos a encontrarnos en la calle con muchos ciegos, que necesitan el milagro de la fe, que necesitan esperanza, que necesitan, sobre todo, a Cristo, luz, camino, verdad y vida de los hombres. En los últimos decenios, Occidente y también España se han convertido en territorios de misión. Estamos alumbrando un mundo autosuficiente y orgulloso de sus avances técnicos, un mundo que se está construyendo sin Dios y sin Cristo, considerando al hombre como el centro y medida de todas las cosas, entronizándolo falsamente en el lugar de Dios. Para una parte notable de la cultura occidental, la sumisión a Dios entraña una alienación intolerable. Por ello, esta cultura, ensimismada y cerrada a la trascendencia, ha renunciado a la adoración y reconocimiento de la soberanía de Dios y, como consecuencia, ha perdido el sentido del pecado y de los valores permanentes y fundantes.

En el tramo final de la Cuaresma os invito a ser testigos de la alegría cristiana, de la paz, la reconciliación, la esperanza y el amor que nacen de la Buena Noticia del amor de Dios por la humanidad. Jesús y su Evangelio siguen siendo un tema pendiente en el corazón de los hombres de hoy, y a nosotros se nos ha confiado su anuncio desde las plazas y las azoteas de nuestro mundo,  en el que estamos emplazados a anunciar a Jesucristo como luz del mundo, como fuente de sentido, como manantial de paz y de esperanza. Y todo ello, con la palabra y con el testimonio atractivo y convincente de nuestra propia vida.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Carta pastoral ‘Sólo Jesucristo es nuestra esperanza’ 264.00 KB

 

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