«¡Adviento de María…! ¡Madre…! Tú tenías al Verbo de la Vida en tu seno para ti, para amarlo Tú y para amarte Él. Tú vivías feliz en aquella intimidad y comunicación con el Verbo infinito en tu entraña. Pero, participando de la voluntad divina, olvidada de ti, ardías en ansias terribles de que ese Verbo, que había “saltado” del seno del Padre a tu seno, “saltara” de tu seno a los hombres para entregárnoslo como Hostia que, ofrecida por ti al Padre, fuera nuestra salvación y santificación».

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