El habla de Dios en el alma de la Madre Trinidad es – usando las palabras del profeta Jeremías – “fuego ardiente metido en los huesos”. Por ello su lectura – hecha con alma sencilla y espíritu abierto – enciende también nuestras almas en amor a Dios y a sus planes misericordiosos para con el hombre.

“Un abismo atrae a otro abismo con el fragor de sus cascadas…” ¿Qué comunicación de Dios le hace exclamar a la Madre Trinidad con estas palabras que Dios pone en boca del salmista? Descúbrelo en este bellísimo y original tema que te ofrecemos para disfrute y alimento de tu alma.

 

28-4-1961

«Un abismo atrae a otro Abismo»

 

¡Oh Amor…! «Un abismo atrae a otro Abismo»; y sólo así puede explicarse que el abismo rastrero de mi miseria robe y cautive al Abismo inconmensurable e infinitamente amoroso de todo el ser de Dios manifestándose en misericordia.

Todo tu ser infinitamente majestuoso, terriblemente ser, inagotablemente interminable, se abalanza manifestándose en misericordia sobre la pobre criatura…

¡Contraste incomprensible el que existe entre el Abismo infinito de tu ser misericordioso, y el abismo casi infinito de mi miseria, de este ser creado por Ti, mi Increado, que se ha rebelado contra tu mismo ser infinito, diciéndote: «No te serviré…»!

¡Oh incomprensión incomprensible para nuestra mente acostumbrada al egoísmo, ver a todo el ser del Inmenso que besa, envuelve, penetra, engalana y ennoblece a aquella misma criatura que, en expresión y en manifestación de toda su miseria, dice al Ser tres veces Santo: «¡No serviré…!»!

¡Locura y amor de la Misericordia Infinita!, que, derramándose sobre la criatura, de tal forma quiso manifestarse sobre ella, tan amorosamente, que «el Verbo se hizo carne», para poder mostrársenos como en cataratas de ser a través de su naturaleza humana reventando en explosión sangrienta de misericordia y perdón.

Dios es amor por su ser; se es el Ser que, siéndose, es; y se es el Infinito por infinitud infinita de perfecciones y atributos, en una sola, silenciosa, simplicísima y sencillísima perfección, que revienta en Trinidad de Personas.

Y Dios, siéndose para sí mismo el Ser subsistente y suficiente, que contiene en sí y para sí toda la perfección que Él en su infinitud necesita, queriendo manifestarse amorosamente en cataratas de ser para con su criatura, se es misericordia.

Dios para sí mismo no puede ser misericordia, porque este atributo es el Abismo infinito del ser de Dios amoroso derramándose sobre la miseria.

Al serse Dios el Ser tres veces Santo, el Intocable, la Virginidad por esencia, no puede haber en Él mancha y, por lo tanto, miseria; motivo por el cual Él para sí mismo no puede ser misericordia.

No hay misericordia donde no hay miseria. Al unirse el Abismo de la bondad de Dios con el abismo de nuestra miseria, hace que Dios se manifieste en misericordia infinita… Tanto amó Dios al hombre, tan maravillosamente, que todo su ser, al volcarse sobre este, ha reventado en un atributo que se llama: «La misericordia».

Así que el atributo más nuestro en Dios es la misericordia; pero como en Dios no hay partes, es toda la vida divina que, derramándose sobre su criatura en su Trinidad Una, se manifiesta en amor bueno de benevolencia para con el hombre, y, al ir directamente sobre la miseria de este, se llama: «Misericordia».

Y ya se es Dios en sí mismo, en su ser, un atributo que, siéndose en sí mismo, no se lo es para sí mismo como en los demás atributos. Él es el Ser que, en infinitud infinita de perfecciones y atributos, se es todo y totalmente para sí mismo la Perfección suma y acabada en la cual las tres divinas Personas se recrean, se complacen y se saborean; de tal forma que se son la felicidad infinita por serse el Ser subsistente que contiene en sí su misma suficiencia inagotable de felicidad y de ser.

La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Y ese Ser que no necesita de nada ni de nadie, manifestándose en cataratas de amor para con la miseria, se llama: «Misericordia». Este es el atributo de la misericordia: Todo el amor infinito del Bueno, derramándose sobre su criatura…

¡Amor…! ¿Por qué me amas tanto…? Porque el abismo de mi miseria robó, atrajo y cautivó al Bueno en la majestad inconmensurable de su ser…

Y, por si fuera poco, ese mismo Ser increado, intocable, inalterable, suficientísimo, la perfección suma, se hace hombre para poder reventar en sangre, en expresión sangrienta de su amor misericordioso para con nosotros.

Y, después de contemplar a la Sabiduría Infinita reventando misericordiosamente en la cruz, ¿podremos dudar del amor que Dios nos tiene…? Si dudamos, implica desconocimiento de Dios.

Necesitamos ahondarnos fuerte y profundamente en ese conocimiento de la vida íntima de Dios, del Ser reventando en ser, en Personas, para que podamos alcanzar a vislumbrar algo de lo que es la misericordia de Dios para con el hombre.

Sí, todo el ser de Dios te dice, reventando en sangre con gemidos inenarrables: «Hijo, dame tu corazón…».

¡Oh Jerusalén, Jerusalén, aún estás a tiempo…! Escucha esta palabra que se te está deletreando en el centro de tu alma solamente para ti, en el abrazo consustancial de mi Trinidad Amor, diciéndote en cada momento lo que tienes que hacer: «Hija, olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el Rey se enamorará de tu hermosura…». ¡¿«Tanto tiempo hace que estoy contigo» en intimidad de Esposo, de hermano y de amigo, en el silencio del Sagrario y en el interior de tu alma, pidiéndote tu corazón, tu miserable corazón para transformarlo en mi misericordioso amor, «y aún no me has conocido»…?!

No olvides nunca que «un abismo atrae a otro Abismo», y que, «a mayor miseria, mayor misericordia».

Espéralo todo del Amor, no te conformes con ser uno más. Precisamente tú que estás ahogado y aplastado por el abismo de tu miseria, profundízate y anégate en el Abismo de todo el ser de Dios manifestándose en misericordia…

¡Amor…! ¡Amor…! El amor que me tienes me aplasta ante el abismo terrible de mi miseria…, y no me queda más que esperar en que el amor misericordioso de tu ser infinito hará su obra de amor en mí.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 

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